El derecho a la desesperanza
Texto y foto por Valentina Arango Correa
Esta carta es para las víctimas del conflicto armado en nuestro país y, en lugar de convocar, busca reconocer una emoción que, aunque dolorosa, habita en muchos corazones: la desesperanza.
Habrá quienes insistan en que hay que resistir, en que no se puede bajar la guardia, en que la lucha es la única forma legítima de estar en el mundo después del daño. Habrá quienes conviertan la fuerza en mandato. Pero hoy quiero decir algo más simple, y quizá más difícil de aceptar: Las víctimas del conflicto armado tienen derecho a no salir a marchar, a no levantar consignas, a no encontrar sentido donde todavía no lo encuentran.
Tienen derecho a sentirse cansadas.
A no creer.
A pensar que nada alcanza.
A no querer explicar otra vez lo que pasó.
A no responder otra llamada, otra entrevista, otra solicitud que vuelve a abrir la herida como si fuera un archivo disponible.
Tienen derecho a no repetir su historia hasta que pierda su forma y se convierta en un relato que ya no les pertenece.
No tienen que reafirmarse desde una identidad de víctimas si no quieren. No están obligadas a hacer de ese lugar su única forma de enunciación. Porque a veces, sin darnos cuenta, reducimos la vida al daño, y terminamos condenando a las personas a habitar para siempre el dolor que sufrieron.
No tienen que perdonar. No tienen que convertir el dolor en bandera, ni el daño en propósito. No tienen que ser ejemplo de nada. No tienen que ser fuertes todos los días. Incluso, el llanto es opcional. Las emociones no tienen un deber ser. Pueden sentirse como se sientan, sin responder a expectativas ajenas, sin cumplir con la imagen de resiliencia que otros necesitan ver.
Hoy no les pido nada. No les pido esperanza, ni fuerza, ni relatos, ni presencia. No les pido que sigan enseñándonos cómo se sobrevive. Más bien, quiero decir gracias. Gracias por haber llegado hasta aquí, incluso cuando no había razones claras para hacerlo. Gracias por sostener la vida, a su manera, en sus tiempos, con sus silencios. Porque también hay dignidad en no poder más.
No todo lo valioso se expresa en la fuerza, ni toda vida digna tiene que sostenerse desde la esperanza. Estar agotadas, no encontrar sentido, no querer seguir intentando todo el tiempo, también es una forma legítima de estar en el mundo después del daño. Y reconocerlo, tal vez, es otra forma de cuidado. Porque cuidar no es exigir que las personas se levanten, sanen o transformen su dolor en algo útil. Cuidar también es permitir que descansen de esa exigencia.