Camilo Torres: el hallazgo de su cuerpo reaviva la voz de la resistencia en la Universidad

Feb 18, 2026 | Editorial

El cura Camilo Torres Restrepo falleció el 15 de febrero de 1966 en Patio Cemento, Santander, durante su primer enfrentamiento con el Ejército Nacional. La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas realizó la entrega digna de su cuerpo en una ceremonia privada, el día 60 del aniversario de su muerte.

Mural en el bloque 22 de la UdeA | Foto: Valentina Arango Correa.

Redacción Unidad Especial de Paz

Durante seis décadas, fue un nombre sin tumba. Una imagen en pancartas. Una consigna pintada en muros. Un teatro que recuerda su apuesta por unir el pueblo, la academia, el amor y la revolución. El 15 de febrero de 1966, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo murió en Patio Cemento, en el Carmen de Chucurí, Santander, durante su primer enfrentamiento armado con el Ejército Nacional. Tenía 37 años.

Hallar al líder desaparecido 

En 2019, el sacerdote jesuita Javier Giraldo presentó una solicitud formal de búsqueda ante la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), con el fin de establecer el paradero del cuerpo de Camilo Torres Restrepo. En 2023, el testimonio de un sepulturero permitió ubicar varias inhumaciones en el cementerio municipal de Bucaramanga. Entre los cuerpos hallados, uno presentaba señales de haber sido bañado en formol, un químico que puede afectar gravemente la preservación del material genético. Ese hallazgo obligó a realizar una selección técnica de fragmentos óseos que conservaran mejores condiciones para el análisis.

La muestra menos afectada fue sometida a estudios forenses, antropológicos y genéticos en laboratorios acreditados en Colombia y en el exterior. Los resultados fueron comparados con perfiles genéticos de sus padres previamente exhumados. La coincidencia permitió establecer la identidad. “Los estudios técnico-científicos practicados por equipos especializados y laboratorios acreditados permitieron confirmar la identidad”, afirmó la directora de la UBPD, Luz Janeth Forero, durante una rueda de prensa.

Forero explicó además que, dos décadas atrás, una fuente militar había indicado que el cuerpo fue “trasladado al pabellón militar del cementerio Campohermoso de Bucaramanga en una urna color caoba”. En el proceso de búsqueda, el equipo encontró una urna con esas características, lo que orientó el inicio del trabajo técnico de verificación. Según lo trascendido, la Universidad Nacional acogerá los restos en su capilla, donde se adelantan adecuaciones para un osario. Con ello, el hallazgo no solo cierra una herida histórica para sus amigos y afines; también reactiva una pregunta que ha atravesado generaciones de estudiantes: ¿qué significa hoy Camilo en la Universidad?

Camilo vive en la UdeA

La presencia simbólica y política de Camilo Torres no es reciente. Cuatro años después de su muerte, en 1970, la Universidad de Antioquia bautizó un teatro con su nombre, en medio de una época marcada por la agitación estudiantil y la expansión de las ciencias sociales en el país.

Durante las décadas de 1970 y 1980, su figura estuvo asociada a procesos de organización estudiantil y a debates sobre el papel de la universidad pública en el conflicto colombiano. En los años noventa, su nombre reapareció en murales y actos conmemorativos impulsados por colectivos de izquierda, especialmente en febrero, mes de su natalicio y de su muerte. El teatro Camilo Torres se consolidó como uno de los espacios simbólicos más reconocibles del campus, tanto para actos académicos como para actividades políticas.

En febrero de 2006, por ejemplo, movimientos camilistas realizaron jornadas para conmemorar el natalicio (3 de febrero de 1929) y los 40 años de su muerte. Una de las acciones más recordadas fue la instalación de una bandera pintada a mano con el rostro del sacerdote, de seis metros de ancho por cuatro de alto, colgada en la fachada del teatro.

Para Eberhar «El Flako» Cano Naranjo, sociólogo y estudioso de Camilo Torres, esa persistencia simbólica no es casual ni meramente estética. “Camilo vive de muchas formas”, dice. Vive, sobre todo, en una idea de universidad que no puede aislarse del país. “Vive en entender que lo que hacemos en la universidad no debe estar separado de lo que ocurre por fuera de ella. Una academia que no escucha esa realidad es una academia vacía”.

En su lectura, la presencia de Camilo en murales, conmemoraciones o banderas no tendría sentido si no estuviera acompañada de una pregunta más profunda sobre el papel social del conocimiento. Por eso insiste en que la universidad “debe trascender la figura simbólica y ritualizar fechas para realmente pensar caminos que pongan en diálogo su pensamiento”, es decir, actualizarlo y confrontarlo con los debates actuales sobre autonomía, financiación y responsabilidad pública.

Esa actualización implica también evitar reducciones. “Reducirlo a ‘cura guerrillero’ le ha hecho mucho daño a su memoria”, afirma. “No se puede reducir, pero tampoco se puede negar su condición. Camilo es un sujeto integral”. Para El Flaco, traer a Camilo hoy a la Universidad no es repetir consignas ni convertirlo en postal de febrero: “A Camilo no lo podemos traer como un calco y pegue de su época. Lo tenemos que traer con la reflexión constante de contextualizarlo a hoy”. Y en ese ejercicio —que puede ir desde grupos de estudio hasta debates académicos más estructurados— es donde realmente cobra sentido su permanencia en el campus. “Yo creo que Camilo es el sociólogo menos estudiado en Colombia”, advierte, como si el verdadero homenaje aún estuviera pendiente en las aulas.

Asimismo, el historiador Alejandro Sierra, director de nuestra Unidad Especial de Paz de la UdeA, sostiene que Camilo se convirtió en un ícono de lucha y resistencia cuya vigencia no se explica únicamente por su muerte, sino por la persistencia de sus ideas. “Sesenta años después la gente (la élite) sigue temiéndole a sus ideas, porque a Camilo no solo lo mataron sino que lo desaparecieron, pero sus ideas fueron más allá de un espacio físico y trascendieron en la academia, en los barrios que se fundaron después de ello y en los campus en la lucha”, afirma. Para Sierra, la clave de su permanencia no está en la figura congelada del sacerdote o del militante, sino en la circulación de un pensamiento crítico que sigue interpelando a nuevas generaciones. “Camilo vive porque sigue ese pensamiento crítico en la gente; el día que la gente deje de creer, de soñar, pues Camilo habrá quedado en el olvido”.

El hallazgo de su cuerpo reaviva la discusión. Durante sesenta años, Camilo fue una ausencia que alimentó una presencia política, fue uno de nuestros primeros desaparecidos de la comunidad universitaria en el país. Ahora la pregunta ya no es dónde está, sino qué hacemos con lo que representa. Su nombre seguirá en un teatro, en los murales o en una consigna, y queda la pregunta de si la universidad decide convertir esa memoria en objeto de estudio riguroso, en debate incómodo y en autocrítica institucional. Si Camilo permanece únicamente como símbolo, se vacía; si se asume como problema —académico, ético y político—, seguirá interpelando. El cuerpo apareció. La responsabilidad universitaria de pensar lo que significa nos queda como compromiso.