Hacerle un huequito a la tristeza: la forma en que Jaime Mongo habitó la resistencia
Redacción Unidad Especial de Paz
Hablar de Jaime Alonso Gallego Gómez, “Mongo”, es hablar de una vida atravesada por la organización social en el Nordeste antioqueño, un territorio donde la defensa de los derechos humanos nunca fue una consigna abstracta sino una práctica cotidiana marcada por el riesgo, la persistencia y la comunidad. Minero, líder social y defensor de derechos humanos, Mongo hizo parte desde 1990 de la constitución del Comité de Derechos Humanos en la región, bajo una idea que acompañó todo su camino: “vida con dignidad”. En un contexto de amenazas, desplazamientos, estigmatizaciones y asesinatos, su trabajo consistió en acompañar a quienes permanecían, insistir en la memoria y exigir justicia incluso cuando hacerlo implicaba incomodar.
Quienes compartieron con él lo recuerdan como alguien desprendido de sí mismo, siempre disponible allí donde lo llamaran. “Nuestra arma ha sido la voz y el acompañamiento a las comunidades”, se dijo durante el homenaje, recordando que ni él ni sus compañeros empuñaron armas, sino palabras, procesos organizativos y presencia constante en los territorios. Su liderazgo no se ejercía desde la distancia sino desde la cercanía: conversar, escuchar, caminar con la gente y preguntar —como recordaron sus compañeros— cómo había amanecido el campesino o el minero antes de hablar de política o de proyectos. Para Mongo, liderar no era mandar sino acompañar.
Su historia está profundamente ligada al devenir violento del Nordeste antioqueño, una región atravesada durante décadas por masacres, desplazamientos y disputas armadas que buscaron silenciar la organización social. En medio de ese panorama, Mongo persistió en la defensa del territorio y de la minería tradicional como forma de vida, cultura e identidad colectiva. Entendía que la minería no era únicamente una actividad económica, sino memoria acumulada y tejido social, y por eso defendió el reconocimiento de los mineros tradicionales y la dignidad de su trabajo frente a modelos extractivos que transformaron radicalmente la región.
Pero su lucha también fue cultural. Mongo fue uno de los impulsores del Carnaval de la Gigantona, una fiesta que las comunidades convirtieron en vehículo de memoria y resistencia. Allí, la celebración se transformó en una forma de narrar la violencia y de sostener la vida colectiva cuando todo parecía fragmentarse. Como se recordó en el homenaje, la Gigantona era “la única posibilidad de contar la historia, de contar la memoria y de que nunca más se vuelva a repetir”. En ese espacio convivían la denuncia y la alegría, porque —como repetía Mongo— había que “hacerle un huequito a la tristeza”.
Las voces que lo recordaron insistieron en algo común: Mongo no buscaba protagonismo. Era presencia antes que discurso, risa antes que solemnidad, compañía antes que reconocimiento público. “Mongo no era solo un apodo, era identidad”, leyeron sus compañeros, evocando a un hombre que estaba tanto en la celebración como en los momentos más difíciles, alguien que llegaba sin anunciarse y permanecía cuando hacía falta sostener. Su liderazgo se tejió en reuniones comunitarias, carnavales, procesos de memoria histórica y acompañamientos a víctimas que durante años enfrentaron el peso de la guerra y la impunidad.
Su asesinato intentó interrumpir esa trayectoria y sembrar miedo en quienes continúan defendiendo derechos humanos en Colombia. Sin embargo, las voces reunidas en el homenaje coincidieron en que la memoria no se clausura con la muerte. “Recordar a Jaime no es solo un homenaje, es un compromiso”, se afirmó durante el acto, entendiendo que su legado permanece en las organizaciones, en las luchas del Nordeste y en quienes continúan defendiendo la vida y la dignidad colectiva.
El homenaje dejó una reconstrucción colectiva de su trabajo: años de acompañamiento, decisiones tomadas en momentos difíciles y una presencia constante en procesos que exigían continuidad. Las intervenciones no buscaron idealizarlo, sino nombrar lo que hizo y lo que permanece en quienes continúan esas tareas.