Cuando la paz bajó del bus
Redacción Por Claudia Cadavid Echeverri
Es la madrugada del 15 de abril y llega un bus desde Robledo al barrio San Francisco, en Itagüí. Nos encontramos en un parqueadero cercano a la Cárcel de máxima seguridad, en medio de un plantón pacífico que tiene como objetivo respaldar la “paz urbana”.
Llegan personas de diferentes barrios del Valle de Aburrá: se escucha que vienen de Aures, La Colinita, El Paraíso, Alfonso López, Aranjuez, Castilla, Manrique, La Orquídea, entre otros. Se suman hombres y mujeres jóvenes, en combo, entre risas. Siento esperanza y alegría cuando los veo bajar del segundo bus, este ya particular. Sentí algo similar cuando asistí a la instalación del Comité Nacional de Participación y vi pueblos afrodescendientes, indígenas, campesinos y campesinas, estudiantes, mujeres y jóvenes. Esta vez veo los rostros de los barrios, las estéticas urbanas, los modismos, y reconocía —como entonces— al pueblo.
Una lideresa, a quien llamaremos Rosa para proteger su identidad, comentó: “¿Dónde está el lienzo de Camilo?”. Y me dije a mí misma, pensando que se refería al rostro de Camilo Torres: ¿el lienzo de Camilo? ¿Van a sacar un lienzo de Camilo? ¿Cómo así que hay un lienzo de Camilo aquí? (risas). Cuando despliegan los dos lienzos, otra lideresa, a quien nombraremos Clara, dice con orgullo: “Profe, vea, este lo hicimos con Rosa en el parque de Envigado el 9 de abril. Llamamos a la gente a preguntarle qué significaba la paz. En el centro tiene una frase de Gaitán. Y este es el de Camilo; ese lo hicimos en el Camilo Torres, cuando toda la gente estuvo allá”.
El 13 de febrero de 2025, el Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo se llenó de habitantes de distintos barrios, en la presentación del informe de seguimiento sobre el piloto de paz urbana en Medellín y el Valle de Aburrá. Ese día fue profundamente simbólico, más allá de lo que ocurre tras bambalinas. Para mí fue impactante escuchar a las personas coreando el nombre de sus barrios: cada vez que un vocero de las estructuras intervenía, se hacía evidente su arraigo territorial.
https://x.com/DiegoHD42501510/status/1890089692890296604
Para Rosa, “el Camilo Torres es la voz de los territorios: que sí queremos la paz, que la apoyamos, que la exigimos y la merecemos. Por eso acá tenemos el primer lienzo que hicimos allá, en ese espacio”. Para Andrés, otro líder a quién protegemos su identidad, “encontrarnos en ese auditorio me permitió tener amigos en Manrique; yo nunca había ido a ese barrio. Pero ahora puedo ir y abrazar a las personas que están allá”. Ese encuentro plantea un antes y un después en la relación del proceso con la sociedad civil.
Este hecho también abre preguntas para quienes investigamos desde la academia: ¿cómo nos pensamos los diálogos con actores armados “que no tienen carácter político”? ¿Realmente no lo tienen? ¿Entonces qué carácter tienen? ¿Cuál es la labor de la Universidad de Antioquia? ¿Una universidad del pueblo y para el pueblo? ¿Qué diría Camilo Torres? Él hablaba de los convencidos y los no convencidos, los primeros refiriéndose a quienes estaban comprometidos con la transformación y la revolución de la sociedad. Hoy veo en las mujeres, hombres y jóvenes que bajaron de ese bus —y que sostienen el plantón— a personas convencidas de la construcción de paz.
Esto nos plantea desafíos para pensar la paz urbana, que, a mi juicio, debería ir más allá del espacio sociojurídico. La paz urbana también incluye la reincorporación de firmantes, las propuestas de barrios en paz, las apuestas de jóvenes en paz e incluso la dinamización de la política pública de paz de la Alcaldía de Medellín.
En este momento, el Espacio de Conversación Sociojurídico para la Paz Urbana atraviesa una encrucijada tras la realización de una fiesta denominada “parranda vallenata”, el pasado 8 de abril, en la que participó el reconocido cantante de vallenato Nelson Velásquez en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí. Mientras tanto, habitantes de la ciudad claman por la continuidad del proceso; madres, hermanas y familiares de los voceros piden que no sean retirados del espacio carcelario. Las comunidades temen que, de detenerse el proceso, se recrudezcan las violencias en los barrios.
La paz urbana con las estructuras no es una paz de tres actores —Gobierno nacional, voceros de estructuras y, en oposición, Gobierno local—. Es una paz que se pinta de barrio. Una paz que interpela a la academia en temas como el concepto de víctimas urbanas, el marco jurídico y el estudio en tiempo real de los llamados “alivios humanitarios” en este proceso.
La pregunta, entonces, no es solo de quién es la paz, sino quiénes tienen derecho a nombrarla y a construirla. Porque mientras algunos la discuten desde la distancia, hay quienes la sostienen en el barrio, en el encuentro y en la vida cotidiana. Desconocer esas voces no solo es un error político: es una forma de seguir negando al pueblo como sujeto de paz.