Beatriz Monsalve, casi madre y siempre lideresa
Por Valentina Arango Correa
Pienso en vos como se piensa en lo que no alcanzó a ser y, aun así, dejó huella. En tu nombre que se repite como un eco entre mujeres de esta familia. En Entrerríos, donde todo parece empezar y terminar, donde dicen que está el centro de Antioquia y tal vez también ese pulso que nos atraviesa.
No coincidimos en el tiempo. Cuando te asesinaron, yo no había nacido. Pero vuelvo a tu historia como quien intenta entender un vacío. Te imagino caminando Bello, recogiendo alimentos para quienes lo perdían todo cuando la quebrada se desbordaba. Te pienso en Urabá, acompañando a trabajadores bananeros, insistiendo en sus derechos. Te veo hablando duro, sin bajar la mirada, frente a políticos que preferían no escuchar. Siempre afuera, siempre con la gente.
También vuelvo a la casa. A tu papá, don Trino Evelio, silbando con los pájaros del patio. A esa vida sencilla atravesada por el trabajo en Fabricato, por los sueños que se construyen lento. Pienso en él reconociendo tu cuerpo, en esa frase que duele: “a toda hora estaba riéndose”. Y en cómo la violencia no solo te quitó a vos, sino también la posibilidad de que él fuera abuelo, de que ese hijo o hija que llevabas llegara a este mundo.
Tenías 27 años. Seis meses de embarazo. Y en agosto de 1988 te desaparecieron y te asesinaron. Una vida por delante y muchas otras vidas ya tocadas por la tuya.
A veces dicen que para sanar hay que volver al origen. Yo vuelvo a mi casa, me meto en la cama de mis papás mientras se quedan dormidos viendo una película cualquiera, y pienso en todo lo que nos fue arrebatado antes de tiempo. Vuelvo también a vos, a tu historia, a lo que pudo cruzarnos, como las mismas rabias, las mismas preguntas, quizás distintas formas de pelear.
Treinta y ocho años después, la impunidad sigue siendo otra forma de violencia. Porque no es solo que te hayan matado, es que todavía no sabemos quiénes fueron. Es que tu nombre no está en todos los muros donde debería estar. Es que la memoria de mujeres como vos apenas empieza a hacerse un lugar, como si todavía hubiera que pedir permiso para nombrarlas.
Insistimos. Hay algo que no pudieron apagar. Algo que sigue latiendo en este centro —del mapa, de la historia, de nosotras—. La certeza de que nos duelen las mismas injusticias. De que, aunque no nos conocimos, hay una forma de reconocernos. Y que la violencia también es esto de romper los tiempos posibles. Impedir los encuentros. Dejarnos con historias incompletas.