¿Quién gobierna a los excluidos?: Entrevista con Alex Diamond
Por Fredy Alexander Chaverra Colorado
En entrevista, Alex Diamond, profesor adjunto de Sociología en la Universidad Estatal de Oklahoma, etnógrafo, educador, fotógrafo y documentalista, nos relata cómo se sumergió durante tres años en Briceño, municipio del norte de Antioquia para comprender la historia de violencia del municipio, los incumplimientos del Estado en los programas de sustitución de cultivos ilícitos y sobre cómo, incluso después del proceso de paz, la llegada de nuevos actores armados transformó nuevamente la vida de las comunidades en el territorio. Su investigación quedó plasmada en el libro ¿Quién gobierna a los excluidos? El sustento rural más allá de la coca en el Laboratorio de Paz de Colombia, el cual fue presentado en la Biblioteca Carlos Gaviria de la UdeA.
¿Cuál es tu trayectoria en Colombia y cómo llegas al municipio de Briceño específicamente?
Yo estaba viviendo en Medellín cuando estaban negociando el Acuerdos de Paz entre Farc y el Gobierno y me interesé por la política de Colombia y específicamente la pregunta fue: ¿en esas zonas donde la Farc y otros grupos armados habían sido durante muchos años autoridades qué iba a pasar con el acuerdo de paz y cómo esas comunidades iban a vivir esa transformación? Volví a estudiar mi doctorado en la Universidad de Texas, empezando en el año 2017, con esa pregunta y encontré el municipio de Briceño que había sido nombrado como “laboratorio de paz”. Además, en ese momento estaban construyendo en el territorio la hidroeléctrica más grande de Colombia, que es Hidroituango, una relación que también me interesa. A principios de 2018 visité Briceño para ver si podía servir como sitio de investigación, y terminé viviendo allá tres años.
Alex, en esa llegada a Briceño, ya considerado como laboratorio de paz, ¿cómo fue el contacto inicial con las comunidades y cómo, siendo un investigador externo, observaste la interacción que tenían las comunidades, tanto con el Acuerdo de Paz, que era una gran expectativa, como con este gran proyecto asociado a Hidroituango? ¿Cómo percibiste esa relación?
Es una comunidad amable, le dicen “el rinconcito amigable de Antioquia” y es cierto, dentro de un departamento de Antioquia que se destaca por amabilidad. Fui estableciendo contactos y pude observar que había un montón de reuniones en ese tiempo. Allá tenían como un grupo motor de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), donde miembros de la comunidad iban haciendo propuestas sobre el tipo de desarrollo y proyectos que les beneficiaría. Había un montón de reuniones con lo de la implementación del programa de sustitución de cultivos ilícitos, fui a reuniones de junta de acción comunal, realmente había muchos espacios y muchos organismos. Conocí muchos integrantes de movimientos contra la represa. Empecé teóricamente a concentrarme en los sustentos y qué iban a hacer las personas para ganarse la vida, ya que no había coca, pero yo vi que no era solo la coca que se había desaparecido, también el oro, el barequeo que antes se realizaban al lado de las orillas del río Cauca.
¿Qué expectativas generó el Acuerdo de Paz en el municipio?
La expectativa y la promesa era: ya viene el Estado. Ese discurso que siempre hemos escuchado del abandono del Estado, que ya no iban a estar abandonados. Ya iba a llegar el Estado y gracias al Estado iba a llegar seguridad, iba a llegar también prosperidad, economías legales, donde las comunidades podían comercializar sus productos, gracias en parte a los recursos del programa de sustitución. Había expectativas, pero también un poco de desconfianza por parte de las comunidades. Las comunidades arrancan voluntariamente su coca, pero también había como una amenaza de que, si no lo hicieran voluntariamente, el gobierno entraría a la fuerza y ellos ya no recibirían ningún recurso. Frente a esas expectativas de seguridad y prosperidad, el primer error para mí fueron los grandes retrasos en los recursos prometidos del programa de sustitución.
¿Y qué falló?
Creo que una gran parte del problema eran los procesos de contratación. Que dependían de terceros para la ejecución, y esos procesos de contratación se dilataban y generaron muchos problemas con corrupción, que tenían el efecto de que los proyectos cuando sí empiezan a llegar al mes después, llegaron de mala calidad y mucho menos de lo esperado. Los campesinos se quedaron como esperando insumos para generar otras economías, sembrar otras cosas. Y no lo pudieron hacer. Entonces hay un bajón económico enorme y frente a ese bajón económico se quedan un montón de personas desempleadas; particularmente hombres jóvenes que antes raspaban, que antes eran recolectores de coca. Que bueno, siempre tenía su trabajo garantizado. Ese trabajo se desaparece. Y esos jóvenes hacen muchas cosas. Muchas vienen para las ciudades. Otros van para otras regiones donde sigue la economía cocalera o van en búsqueda de otras economías. Pero una parte significativa de esos jóvenes se unen a un grupo de la disidencia que se había rearmado a finales de 2017.
Una pregunta más en términos metodológicos. En la investigación de tu libro, ¿Quién gobierna a los excluidos? Estuviste inmerso por varios años en Briceño, ¿eso cómo enriquece la mirada del investigador? ¿Y qué tan valioso es hacer ese tipo de investigación hoy en día en Colombia en medio de las dificultades que hay asociadas a la falta de implementación de algunos componentes del Acuerdo de Paz?
Yo creo que muchos quizás no estén dispuestos a hacer ese tipo de inmersión. Otros quizás no tengan la oportunidad. Yo fui muy afortunado de tener financiación, de poderme ganar becas para vivir en el pueblo total de tres años. Con el resultado de que pude desarrollar relaciones de confianza con varias personas del territorio que fueron muy generosas conmigo y eso me permitió generar la confianza para entender realmente qué estaba pasando en sus vidas, cuáles fueron las expectativas, los sueños, las decepciones. Y como me enfoco en sustentos, como en esos momentos donde hay mucha incertidumbre de cómo vamos a seguir y qué hacer ahora, creo que esa inmersión es necesaria para entender la relación entre lo económico y lo político en las vidas de las personas en territorio.
Alex, Briceño vuelve a ocupar titulares recientemente por situaciones de victimización a liderazgos sociales. A 10 años de la firma del Acuerdo de Paz, luego de ver esta expectativa que se generó entre las comunidades, ¿qué queda de ese “laboratorio de paz” en clave del sustento?
Lo que ha pasado últimamente en Briceño es muy perturbador y muy triste. Pero creo que habla también de como analizar los sustentos y las economías que hay en el territorio. Sin coca, sin el barequeo. Primero, los habitantes de Briceño empiezan a depender mucho de recursos del Estado. Recursos del Estado que con el proceso de paz y con Hidroituango se multiplican mucho. Hay incumplimiento, pero también hay recursos. Pero el problema del programa de sustitución no solo es el incumplimiento, sino que la agricultura legal para pequeños productores, para campesinos es muy difícil. Ya los precios están muy bajos, acceder a espacios de comercialización es muy difícil.
¿Y la minería?
La minería se ha vuelto como el motor económico del pueblo. Aunque tiene dinámicas diferentes a la coca, se ha vuelto a una situación muy parecida de lo que vivía Briceño hace 20 años, que es una violencia aterradora, dos grupos armados, muchos campesinos en la mitad, y mucha gente dependiendo de los recursos, trabajando en una economía ilegal que es dominada por los grupos armados, que es controlada por los grupos armados, en este caso de la minería, donde antes era el cultivo de coca. Pero la consecuencia humana es enorme y es muy triste para un municipio laboratorio de paz donde se esperaba tanto.
¿Qué mensaje le mandas, en pocas palabras, a las comunidades que están en Briceño, en medio de esta arremetida violenta?
Lo que hicieron las comunidades de Briceño en el proceso de paz fue algo muy impresionante y deja una lección. Esas comunidades a veces sufren de mucha estigmatización, pero la lección de esas comunidades es que están dispuestas a abrazar a la paz, a construir la paz, junto con el gobierno, junto con entidades del Estado, junto con la cooperación internacional. Y que están dispuestos a trabajar muy duro para generar alternativas. Yo creo que sigue siendo así. La pregunta es cómo generar esas alternativas, cómo generar un modelo económico que les dé la posibilidad de producir para el mercado y de sacar adelante a sus familias con economías legales y con seguridad y prosperidad.